Un regalo de Sergio Astorga
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lunes, 28 de enero de 2008

Agua

El agua es fuente de vida .

Desde hace millones de años discurre, lima, salta, perfora, redondea, arrastra, fecunda.

Desde hace también cientos de miles de años acompaña y sirve al hombre, le da de beber, lo limpia, fertiliza sus cosechas, nutre a sus animales, forma parte de su entorno, alegra su vista y deleita su oído.

Desde hace millones de años, el agua murmura, silba, susurra, atruena, canta. Es en sí misma música e instrumento musical, pero también ha sido y es inspiración, fuente, instrumento y ayuda de la creada por el hombre.

Desde las primeras manifestaciones tribales hasta la música dodecafónica son incontables los ejemplos en los que, de una forma u otra, aparece, ilustra, incluso da sentido, a una pieza musical.

Entre egipcios, babilonios, asirios, griegos o romanos eran habituales los instrumentos musicales fabricados con y para agua. Y ya en la Edad Media, de la mano de la poesía, es frecuente encontrarla como amiga, compañera, confidente en asuntos de amores. Esta cantiga de Martín Codax, grabada por Locus Musicus para Verso en 2005, la convierte en protagonista:



Ondas do mar de Vigo

Ondas do mar de Vigo,
se vistes meu amigo
E ay Deus! Se verra cedo

Ondas do mar levado,
se vistes meu amado
E ay Deus! Se verra cedo

Se vistes meu amigo
a por que eu sospiro
E ay Deus! Se verra cedo

Se vistes meu amado,
o por que ei gran coidado
E ay Deus! Se verra cedo

Olas del mar de Vigo

Olas del mar de Vigo
¿vistéis a mi amigo?
¡Ay Dios! ¿vendrá pronto?

Olas del mar agitado
¿vistéis a mi amado?
¡Ay Dios! ¿vendrá pronto?

¿Vistéis a mi amigo,
por quien yo suspiro?
¡Ay Dios! ¿vendrá pronto?

¿Vistéis a mi amado,
por quien tengo gran cuidado?
¡Ay Dios! ¿vendrá pronto?
(Traducción Elena Gómez y Carlos Zumajo)


Durante el Barroco y cuando se pone de moda pintar musicalmente la naturaleza, el agua salta, murmura, casi gorjea en esta Primavera de Vivaldi, interpretada por Fabio Biondi y su Europa Galante, para Opus 111, en 1991... :



... mientras que para Händel es motivo y clave de su Water Music, compuesta con motivo de las fiestas de agua que tenían lugar en el Támesis durante el reinado de Jorge I de Inglaterra. Los artífices esta vez son Nikolaus Harnoncourt y Concentus Musicus Wien, en un registro de 1974 para Teldec:



Haydn, ya en el Clasicismo, la incluye como coprotagonista en su bellísima Die Schöpfung (La Creación), con textos del Génesis. Él concibe así el tercer día del proceso creativo de Dios, cuando éste separó las aguas de la tierra. Interpreta Dietrich Fischer-Dieskau en el papel del arcángel Rafael; dirige Neville Marriner, al frente de la Academia y Coros de St. Martin-in-the-Fields. Se grabó en 1980 para Philips:



Rezitativ
RAPHAEL

Und Gott sprach:
Es sammle sich das Wasser unter dem Himmel
zusammen an einem Platz,
und es erscheine das trockne Land;
un es ward so.
Und Gott nannte das trockene Land "Erde"
und die Sammlung der Wasser nannte er "Meer".
Un Gott sah, dass es gut war.

Aria
RAPHAEL

Rollend in schäumenden Wellen
bewegt sich ungestüm das Meer.
Hügel und Felsen erscheinen,
der Berge Gipfel steigt empor.
Die Fläche, wit gedehnt,
durchläuft der breite Strom
in mancher Krümme.
Leise rauschend gleitet fort
im stillen Tal der helle Bach.

Recitativo
RAFAEL

Y dijo Dios:
Que las aguas se unan bajo el cielo
en un único lugar
y que aparezca la tierra seca.
Y así fue.
Y Dios llamó "Tierra" a la tierra seca
y al conjunto de las aguas las llamó "Mar".
Y vio Dios que estaba bien.


Aria
RAFAEL

Enrollándose en olas espumosas
el mar se agita impetuosamente.
Aparecen las colinas y los peñascos,
surge la cima de las montañas.
El ancho río recorre
la extensa llanura

con mil meandros.
El riachuelo claro
discurre murmurando
por el valle tranquilo.

Para Debussy, ya en pleno Impresionismo, el agua será directamente el tema central de su poema sinfónico La Mer. La versión que se escucha a continuación se debe la Orquesta Philharmonia, con la batuta de Michael Tilson Thomas, registrada por Sony en 1983/84:



Y así podríamos seguir hasta el mismo siglo XXI.

Pero el agua escasea. El hombre, como una vulgar y feroz ave de rapiña esquilma y agota los acuíferos, derrocha sin tino la embalsada en lagos o represas, contamina los ríos, los lagos y los mares.

Dentro de pocos años habrá guerras por poseerla, mientras desde hace mucho tiempo África se muere de sed.

Y aquí, en un país cuya superficie se ha desertizado un 10% en los últimos 50 años y que está amenazada en otro 30% , donde ya no nieva ni llueve como debería, nosotros seguimos derrochando, malgastando, contaminando uno de los bienes más preciados.

Depende de los gestores cambiar la trayectoria pero no nos engañemos, depende también de nosotros, de que nos mentalicemos, de que seamos solidarios, el que el agua siga formando parte de nuestra vida y siendo fuente de ella. Es urgente que actuemos. No queda tanta.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Las dichosas Variaciones Goldberg

A lo mejor alguien al leer el título de esta bitácora se ha preguntado...¿y qué demonio son las Variaciones Goldberg? Bien, pues allá va.

Lo cierto es que pocas obras de Bach han estado rodeadas de un halo mayor de misterio y leyenda romántica. Fue uno de sus primeros biógrafos, Forkel el que más directamente contribuyó a alimentar el mito. Siempre según su relato, el conde Hermann Karl von Keyserling, embajador de Rusia en Dresde, le habría encargado al compositor una serie de piezas suaves para ser tocadas por el clavecinista de su corte y alumno de Bach, Johann Gottlieb Goldberg, experto instrumentista. Dichas piezas llevarían el nombre del intérprete y deberían servir para hacerle más llevaderas al diplomático sus largas noches de insomnio. Una especie de "Tócalo otra vez, Johann", para que nos entendamos.

La historia, con tener su gracia, es casi con toda seguridad totalmente falsa por varias razones. Bach acababa de abandonar su puesto en el Collegium Musicum de Leipzig para convertirse en el compositor oficial del Elector de Sajonia en Dresde. Si quería ganarse el favor del embajador, lo lógico es que al encargo le hubiese puesto el nombre del conde y no el del clavecinista, empleado suyo. Además, el citado Goldberg sólo tenía 14 años y, aunque ciertamente era alumno de Bach, no parece probable que fuera tan experto como cuenta la leyenda.

Mucho más probable es que sencilla y llanamente fuera la cuarta y última parte de su Clavierübung o cuaderno de ejercicios para clave. La obra fue publicada como tal entre 1741 y 1742 con el título Aria con diversas variaciones para clavecín, a dos claves, pero es muy posible que el aria que da origen a las variaciones fuera compuesto mucho antes, ya que aparece en el Segundo libro para Anna Magdalena Bach. Hace 32 años, en 1975, apareció un manuscrito original del compositor con 14 cánones y dos canciones que completaban la pieza.

No voy a hablaros de cánones, contrapuntos o fugas porque yo también me pierdo. Me gustaría simplemente que escuchárais el tema que origina las 30 variaciones pero, digamos que desde diferentes puntos de vista.

El primer corte musical es el Aria en estado puro. Suena así:

Bach (1685-1750). Variaciones Goldberg. Aria. Glenn Gould. Sony, 1955.


Pero las Variaciones Goldberg es una de las piezas fundamentales en la obra de Bach y como puro esqueleto musical que es, se han hecho de ellas las más curiosas y variopintas versiones (amén de las clásicas a piano o clave). El corte musical que sigue es una transcripción para trío de cuerda realizada por Dmitri Sitkovetsky:

Bach (1685-1750). Variaciones Goldberg. Aria. Dmitry Sitkovetsky, violín. Gérard Caussé, viola, Misha Maisky, cello. Orfeo, 1984


Esta tercera versión es más curiosa aún. Transcrita para trompetas, trompa, tuba y trombón de varas realizada por Arthur Frackenpohl:

Bach (1685-1750). Variaciones Goldberg. Aria. Canadian Brass: Ronald Romm, , trompeta. Jens Lindemann, trompeta y cornete, Christopher Cooper, trompa; Eugene Watts, trombón de varas; Charles Daellenbach, tuba. Victor-RCA, 1999


Por último, la que para mí es la más sorprendente. No soy partidaria casi nunca de las versiones modernas de obras clásicas. Siempre he creído que intentar acercar una obra musical a un público mayoritario, no tiene por qué implicar el "hacer fácil la música" porque además es insultar al oyente. El mismo esfuerzo que se hace para dar a conocer una versión facilona de una composición, se puede hacer para darla a conocer tal cual. Si la obra es buena ganará la batalla por sí sola. Hoy voy a hacer una excepción. Aunque mucha gente lo haya puesto a caldo, Jacques Loussier lleva muchos años y con mucha seriedad, haciendo transcripciones de la obra de Bach a jazz. Unas veces con mejores resultados que otras, pero lo que sí es cierto es que muchos jóvenes se han acercado a la música del de Leipzig gracias a sus versiones jazzísticas:

En todo caso, la música de Bach es pura estructura musical, tan bien construida y tan perfecta que aguanta perfectamente cualquier "variación sobre el tema".

Bach (1685-1750). Variaciones Goldberg. Aria. Jacques Loussier Trio: Jacques Loussier, piano; Benoit Dunover de Segonzac, bajo; André Arpino, batería. Telarc, 2000


Espero que el post no se haya hecho excesivamente largo o farrogoso. Si es así, cuento con vuestros sinceros comentarios para ir enmendándome. No pretendo dar lecciones (bien sé yo que mi asignatura pendiente siempre será no saber música), sino expresar impresiones (valga lo absurdo de la frase) y para mí las Variaciones Goldberg siempre serán muy, muy especiales.

martes, 28 de agosto de 2007

In memoriam

Resulta difícil hablar de un amigo muerto.

Se llamaba Domingo del Campo Castel y era abogado, musicólogo, traductor, crítico musical y, fundamentalmente, una bellísima persona. También era, de corazón y de praxis, un marxista-leninista de la cabeza a los pies (el eurocomunismo eran mariconadas, aunque él jamás habría usado ese término).

De pocas personas he aprendido tanto de música como de él. No era un crítico al uso. La mayoría de ellos van siempre "sobraos" (y os lo dice alguien que ha tenido que soportar muy cerca y durante muchos años a uno de ellos). Te miran como si te perdonasen la vida cuanto te atreves a dar, en su presencia, tu opinión acerca de algo escuchado y, lo más curioso, es que pocos superarían con éxito "una cata a ciegas". Domingo, no. Te escuchaba y te corregía con una exquisitez y una delicadeza que, en un mundo como ése, agradecías enormemente. Tradujo mucho y bien. Aunque no publicó muchos trabajos, los asiduos al Auditorio mal llamado Nacional, al Teatro de la Zarzuela, el Albéniz y otros conocían bien sus cuidados y documentados programas de mano de tantos y tantos ciclos de música. A los que les guste tirar de hemeroteca, les será fácil encontrar artículos suyos en la revista Ritmo, siempre anteriores a 1983 y, posteriormente, en la revista Scherzo, de la que fue socio fundador y fantástico colaborador. Publicó, entre otros, 2 libros sobre Haydn y Dvorak, hoy inencontrables.

También era un hombre que se mantuvo fiel a sus ideales y sus principios. Hubo largas temporadas en que nos veíamos continuamente en los conciertos y...en las manifestaciones: contra la guerra de Irak (tanto en 1991 con el PSOE en el poder, como en el 2002-2003, con el enano del bigote), contra aquella dichosa ley de autonomía universitaria, de terrible memoria, en diciembre de 1979 y tantas y tantas otras que, seguramente, recordáis mejor que yo.

Tenía un finísimo sentido del humor. Uno de sus amigos cuenta que iban paseando los dos un día, cuando una perforadora les cortó en seco la conversación. Cuando pudieron reanudarla, Domingo, no sin sorna, dijo: "Curioso este bajo continuo"

Pero, además, era un enamorado y un especialista en Juan Sebastian Bach. Conocía bien toda su obra y eso, hablando del de Leipzig es mucho. Era un experto en música barroca y sabía bien del entorno histórico de la época. Hace muchos años publicó un estudio sobre la Cantata del Café de JSB, en una preciosa edición publicada por una importante editorial , que incluía una espléndida traducción del texto de C.F. Henrici y un CD de acompañamiento para seguir la obra. Por oscuros y raros motivos la edición se destruyó sin avisar al propio autor.

[Hace unos 5 meses el trabajo se ha publicado de nuevo, esta vez por Antonio Machado Libros, en la colección Musicalia Scherzo, con patronicio de la Fundación Scherzo. Su título, Bach La Cantata del Café, la seducción de lo prohibido . Ha sido encomiable el esfuerzo de ambas instituciones por rescatar una joya así del olvido, aunque también se merecerían algún tirón de orejas por la cantidad y gravedad de los errores tipográficos. Fantástico ensayo, de verdad, en un librito barato y cómodo de leer que se puede encontrar también perfectamente en las bibliotecas públicas. Para quien pueda estar interesado en el libro y en la cantata, y como complemento, el texto de esa rarísima, divertida y moderna pieza de Bach (no es la mejor traducción posible, pero de lo encontrado en Internet es de lo más salvable). Como, además, lo lógico es escuchar la obra, de entre las muchísimas versiones, una recomendación: Elly Ameling (espléndida e injustamente poco famosa soprano)y Gerald English con el Collegium Aureum, en una versión para Harmonia Mundi de 1968]

Pasó un temporada dolorosamente larga luchando contra un cáncer de páncreas que, finalmente, lo venció hace tres años. Hasta bien poco antes de morir siguió acudiendo a conciertos y óperas y escribiendo artículos y programas de mano.

Ahora que releo el post, no me gusta nada. Habría querido escribir algo sencillo, hermoso, coherente, íntimo. No he sido capaz. Pero también sé que no podía mantener una bitácora sobre impresiones musicales sin hablar de él, que tanto contribuyó a mi "desasne" musical. Desde esta página, el recuerdo más humilde y emocionado a uno de mis amigos más queridos.


¡Hasta siempre Domingo!


miércoles, 22 de agosto de 2007

Cajas de música


Cuando muera y mis sobrinos tengan que deshacer la casa, se van a encontrar con un serio problema: el síndrome de Diógenes de su difunta tía les va a causar más de un quebradero de cabeza y muchísimo, muchísimo trabajo (que suden la herencia digo yo).

Por lo que veo y leo en vuestras bitácoras pertenezco, como vosotros, a la generación de nostálgicos y sentimentales (un abrazo Bolche, AF, Tannhäuser, Blanca y tantos otros). Muchos me entenderéis cuando digo que soy incapaz de tirar nada. Supongo que Herr Freud y su "regresión a la etapa anal" tendrían mucho que decir al respecto. Cualquier chuchería comprada hace 30 años en un mercadillo de mala muerte me trae tantos recuerdos que, después de pensármelo mucho, la vuelvo a colocar donde estaba. ¿Me creeréis si os digo que he llegado a rescatar cosas que había conseguido echar a la basura, en un rapto de feroz arrepentimiento?

Pues bien: de entre todos los artilugios que pueblan mi casa y os aseguro que ésta es un homenaje al "horror vacui", me gustan especialmente aquéllos en los que algo se agita o que tienen algún tipo de mecanismo que los hace moverse sobre sí mismos, girar, desplazarse, sonar o cantar y eso incluye desde coches de fricción o juguetes de hojalata con cuerda a sofisticados gadgets que combinan músicas increíbles mientras bailan y sirven de altavoz al i-pod.

Por eso siento especial debilidad por la bolas de cristal en las que nieva dentro y por las cajas de música. Dejaré, por el momento, aparte las bolas de cristal: la mayoría de las que se venden hoy contiene ridículas laminitas fosforescentes que han sustituido a las feroces ventiscas de las de hace 30 ó 40 años (ya no nieva como antes en las bolas de nieve y, como en Ciudadano Kane, Rosebud es ya inalcanzable o irrecuperable).

La primera caja de música que tuve me la regalaron cuando hice la comunión. Ya entonces me pareció fea y ¡a fe mía que lo era!, espantosa, de imitación a laca china, en un rojo burdeos chillón. En el interior, la cosa empeoraba si cabe: un minúsculo joyero blanco con compartimentos muy pequeños y, en el centro, rodeada por muchos espejitos, una diminuta bailarina que giraba machaconamente mientras se escuchaba una música de ballet, interrumpida por el renquear de la cuerda (klin-klon, klin-klon). Nada más abrirla, mi padre apostó: "Chaikovski (perdón, en aquella época se escribía Tchaikovsky), El Vals de las Flores de El Cascanueces". Efectivamente, pero a mí eso era lo que menos me importaba. Durante los meses siguientes me pasé las horas muertas viendo girar a mi bailarina, erre que erre; me tenía fascinada en la misma medida que el oso aquel que había en la Casa de Fieras del Retiro, que se pasaba el día andando en círculo porque estaba metido en un foso muy, muy pequeño. Me gustaba porque era delgada y siempre estaba en equilibrio, aunque me angustiaba un poco ese no parar de dar vueltas continuamente.

Aquella primera caja no era muy buena y con el continuo trajin de la bailarina a todas horas, la cuerda terminó por saltar. Mi madre, muchísimo más práctica que yo, en un descuido la tiró a la basura, pero ¡ay!, que el mal ya estaba hecho. Pasaron bastantes, bastantes años pero me volvió a dar la ventolera de las cajitas y bien fuerte además.

Fue en Salzburgo. Acababa de salir de la casa natal de Mozart. Llovía, como casi siempre en esa ciudad. Por razones que no vienen al caso me había quedado, a mitad del viaje y como dice el tango, más sola que un buzón en una esquina , con lo que eso le pone a uno de sensiblero. Mi padre había muerto hacía 5 meses. Volvía al hotel por la Getreidegasse y me atrajo el escaparate de una tienda de música que parecía sacada del siglo anterior. En las vitrinas, junto a partituras, batutas y metrónomos, muchas cajitas de música pequeñas, transparentes. Aquello fue como la magdalena de Proust: flash, flash, a toda pastilla volvieron recuerdos de pequeña, de mi padre, de una época en la que todo estaba bien, todo era cálido y conocido, tu entorno y tu gente te protegían y no estabas sola. ¡Qué trallazo! y pocas cosas hay con un poder evocador tan fuerte como la música. Cuando conseguí enderezarme entré a la tienda. Me costó decidirme porque además eran muy caras. Elegí una con la musiquilla de Là ci darem la mano, del Don Giovanni de Mozart y cuando volví a Madrid ni siquiera me quedé con ella: se la regalé a un amigo, (¡mi viejo y querido Fasolt!).
Pero, a partir de entonces, viaje sola o acompañada, en muchos sitios he encontrado y comprado muchas y muy diversas cajas. En Granada, una de taracea de nácar y madera oscura, comprada en una tiendecita pequeña en el camino de subida a la Alhambra, con la música de la Pequeña Serenata Nocturna. En Ginebra, enfrente de la estación de Cornavin (mi añorada estación de Cornavin, fea como ella sola, pero que yo ya conocía desde muchos años antes gracias a Tintín y El asunto Tornasol), una de madera clara, como un bombón, preciosa, con un minueto de Mozart -La verdad es que si al pobre Amadeus le hubieran pagado todos los derechos de autor sobre artilugios parecidos y con efectos retroactivos, seguro que no había muerto joven y en la miseria, sino feliz y orondo en la vejez-. En Amboise, bajando del castillo, dos que no eran ni cajas porque sólo llevaban el mecanismo con el Quand on n'a que la amour de Brel y la mauvaise réputation de Brassens. En Venecia, en el Canareggio, al lado de Santa Maria dell'Orto, una cuadrada, de madera de cerezo, con la Primavera de Vivaldi. En Madrid, en una vieja tienda de la calle Barquillo, donde vendían piedras para ensartar collares, pequeñas teteras de porcelana y cajas de música de madera, sin más, de muchos tamaños con melodías que nunca he conseguido identificar. Cajas, cajitas de música, siempre de madera, relacionadas para siempre con el sitio donde fueron encontradas y compradas. Cajas, como esos pequeños tesoros que cuando éramos pequeñas enterrábamos en la tierra, protegidos por un cristal, por el solo afán de redescubrirlos al día siguiente como si fueran nuevos. Cajas, cajitas de las formas más diversas, con barrigas repletas de músicas mecánicas y amables que todavía hoy tienen la rara facultad de teletransportarme, como si fueran minúsculas Entreprise de Star Trek, a viejos tiempos en los que aún tenía todo por estrenar y podía desperdiciar horas y horas mirando girar delgadas bailarinas mientras, a mi alrededor, nunca llovía ni faltaba nadie.

viernes, 17 de agosto de 2007

El gusanillo de lo clásico (1)

Cuando era pequeña había una habitación en casa a la que mi padre, pomposa y orgullosamente, llamaba discoteca. No éramos ni fuimos nunca económicamente desahogados y mi padre no era, ni mucho menos, un gran entendido en música; ni siquiera conocía a Bruckner aunque a mí, con tan poca edad, me parecía el padre que más sabía de música del mundo. Había ido comprando y atesorando discos desde que era soltero y una de sus grandes ilusiones al casarse era tener un sitio donde ponerlos y escucharlos. Conservo recuerdos parciales y a veces borrosos; supongo que me acuerdo más por descripciones posteriores de mis padres o mi hermana que por mi misma, pero sí que guardo por aquella pieza y por lo que en ella se escuchaba un afecto muy especial, quizá también porque sólo tenía unos 6 años.


La discoteca era de medianas dimensiones y luminosa. Recuerdo que había un mueble enorme para guardar los discos, un tresillo de terciopelo (o algo parecido) granate, una alfombra en el centro de la habitación, una gramola y un tocadiscos automático y estéreo, modernísimo para la época. Había también un espantoso cuadro de Santa Cecilia tocando el clave que a mí, por aquel entonces, me parecía precioso y un enorme, tremebundo y verdísimo busto de Beethoven que me causaba auténtico horror.

Mi padre había conseguido reunir unos 800 discos de música clásica, de vinilo, gordos, de aquellos de 72 revoluciones por minuto y, para evitarles el polvo, les había hecho a cada uno una funda de papel beige (el mismo con el que forrábamos los libros del cole cada mes de octubre), en la que escribía a mano, pacientemente, la ficha técnica de cada LP.

Cuando conseguí vencer el pánico que me causaba el careto de Herr Ludwig, le cogí el gustillo a visitar aquella habitación. Me gustaba ir allí porque el sofá era muy, pero que muy cómodo y me echaba unas siestas que temblaba el misterio, para qué vamos a engañarnos. Supongo que empecé a escuchar música clásica sin tener la menor intención de ello y sin prestarle excesiva atención todo hay que decirlo, pero en aquel sitio se estaba francamente bien. Por aquel entonces yo hablaba menos que un cartujo y era introvertida hasta la exageración (mi madre siempre opinó que podía haberme quedado así toda la vida); a mi padre por tanto no le molestaba en exceso que yo rondara por la habitación, habida cuenta de mi afición desmedida a caer en los brazos de Morfeo en cuanto sonaba el primer movimiento de algo.

No es casual que me prive casi todo lo alemán. Estoy convencida de que en mi caso funcionó la hipnopedia (palabreja que viene a significar aprendizaje durante el sueño) y mi progenitor me transmitió sus gustos musicales mientras yo roncaba (¿las niñas roncan?) plácidamente en el tresillo. Claro que también puede contribuir a ello el que él se educó en el Colegio Alemán de Madrid (antes de que lo cerraran en 1936 por motivos obvios), que era filogermánico hasta la médula y que nos educó "a la prusiana". Va a ser eso... , eso y un complejo de Electra nunca superado (ni ganas).

Lo que sí que recuerdo con una nitidez asombrosa es el día en que la discoteca desapareció. Yo tenía 7 años y medio y mi hermano, unos 5. El Imbécil (te adoro Manolito Gafotas) contaba pues ya con una edad en la que no estaba bien visto que compartiera cuarto con sus hermanas mayores (al menos en aquella época), así que había que habilitarle al angelito un sitio donde dormir.

Primero vinieron a llevarse los muebles y la gramola. El tocadiscos se salvó y durante años anduvo por casa. También se libraron de la quema el inefable busto (¿querréis creer que hasta le cogí cariño?) y la Santa Cecilia, que sobrevivió a su dueño. Al cabo de unos días llegó un señor con una furgoneta de esas como la que tenía el Plácido de Berlanga. Empezaron a bajar los discos; yo misma ayudé a cargar unos cuantos y montarlos en la furgoneta. ¿Por qué hubo que venderlos? Imagino que por cuestión de espacio y sobre todo porque habría que comprar muebles para la habitación del mastuerzo. Mi padre sólo pudo conservar unos cuantos que aguantaron hasta que el tocadiscos cascó y llegaron los primeros cassettes. Nunca podré olvidar su cara cuando la furgoneta se fue: era la misma cara de infinita tristeza que sólo reapareció, casi treinta años después, cuando se dio cuenta de que se estaba muriendo.

miércoles, 15 de agosto de 2007

La Flauta Mágica


Hace muchos años un compañe-ro de trabajo me confesaba, entre muerto de vergüenza y de risa, que había entrado en un cine de arte y ensayo a ver La flauta mágica pensando que, con ese título y además en sueco, tenía que ser porno duro. Para su desgracia y nuestra fortuna se trataba de la versión que hizo Bergman de la ópera de Mozart, cantada además en sueco.

La anécdota de mi amigo no es más que la otra cara de una misma moneda: ¿qué tiene esta ópera que, hasta los que no escuchan nunca este género la conocen? ¿Cómo, a pesar de haber sido maltratada en anuncios publicitarios, en chillonas versiones pop por "divillas de tres al cuarto", como contrapunto musical de comentarios deportivos y tantos otros ejemplos, ha podido mantenerse intacta y al mismo tiempo gozar del favor de todo el mundo? (Lo siento OSAPOSA, pero no me sale escribir de otra manera, de verdad). ¿Por qué de una misma partitura han salido cientos de versiones tan distintas? ¿Qué hace que la dirigida por Toscanini sea austera, la de Furtwängler, filosófica e íntima, la de Beecham, alegre y ligera y la de Solti, brillante y solemne?

Aunque los entendidos digan que, en sentido estricto, no es una ópera sino un singspiel (palabro que equivale, más o menos, a nuestra zarzuela), para mí es de las obras más hermosas de Mozart.

El éxito del estreno sorprendió al propio compositor. ¿Por la calidad de la música, porque estaba escrita en alemán, porque se trataba de una homenaje y una defensa de la masonería, tan popular en ese momento? Si fue así, parte de esas razones ya no serían motivo hoy en día precisamente de favor y éxito sino más bien lo contrario. ¿Qué factores se dan ahora para que siga gustando tanto: que la calidad de la partitura es indudable, que se mantiene actual, que habla de valores como la justicia, la igualdad, el valor del conocimiento? No sé yo si esos son valores en alza ahora precisamente.

Aunque uno de los números sagrados de la masonería sea el 3, para mí la Flauta es una obra dual: dos actos, parejas afines y contrapuestas continuamente. Dos planos en horizontal: uno, Sarastro, hombre, el día y la luz, el conocimiento, la sabiduría, la ecuanimidad y el sentido del perdón, lo apolíneo; en el otro lado (por supuesto a la izquierda), la Reina de la Noche, mujer, lo oscuro, la ignorancia, el deseo de venganza, la falsedad de la tierna y llorosa madre que oculta a la vengativa y poderosa reina (otra vez el 2), lo dionisiaco, en definitiva. Dos planos también, pero en vertical: por una parte, Papageno y Papagena, ignorantes, del vulgo, sencillos, simples, a quien les está negado entrar en el reino del conocimiento y que nunca podrán ser iniciados; por la otra, Tamino y Pamina, seguirán las normas, sufrirán y superarán los ritos de iniciación, alcanzarán la luz. Esa doble naturaleza está también en la música: hay sofisticadas fugas como las de la obertura (va dedicado a mi amigo Rasputín y su relación de amor-odio con Bach) y trozos sacados directamente del folclore popular alemán o austríaco.

Pero no solemos plantearnos razonamientos de este tipo cuando escuchamos música (al menos, no en un primer momento). Es probable que la dualidad no la sepamos pero la intuímos y se desprende continuamente de la obra. Todos somos, a veces, un poco como la Reina de la Noche, pero también nos sentimos solos como Papageno sin saber que tenemos al lado lo que con tanto ahínco buscamos. Casi todos queremos un mundo más justo, más equitativo, más igual. Casi todos hemos creído que era posible. Casi todos, lo queramos o no, pasamos por ritos de iniciación continuamente, desde que salimos a la luz, hasta que desaparecemos. Schikaneder, el director, productor, actor y autor del libreto y Mozart crearon arquetipos y la mayoría nos vemos reflejados en ellos.
A lo mejor el secreto está en que se trata un poco de todo... y por encima de ese todo, la música: los imposibles arpegios de la Reina de la Noche, la increíble nostalgia de Pamina, las dificilísimas partituras de los instrumentos de madera. Fuga y canción popular, bajos profundos y sopranos coloratura, 3 damas malas y 3 jóvenes buenos, bien y mal, luz y noche, conocimiento y oscuridad. En definitiva, el genial, atormentado, trastocador de notas y muerto de hambre Mozart, apenas 4 meses antes de morir.

¡Uf, qué largo! Intentaré no dejarme llevar tanto por el entusiasmo.

PS. Como todavía ando pegándome con el blog no soy capaz de poner mi foto. En cuanto aprenda me veréis la cara. ¡Ah! Para los que consigan llegar al final. A pie de blog hay una foto que procuraré ir cambiando cada poco tiempo. Siempre suelo ir con una cámara en el bolso y soy de dedo rápido: os aseguro que daré la tabarra.

domingo, 5 de agosto de 2007

Presentación

Siempre me he mostrado un tanto remisa a escribir diarios juveniles, de viaje, de opinión, etc., por una razón fundamental y primordial: soy muy, muy, muy vaga y, por consiguiente, poco o nada constante en mis aficiones, actividades o gustos. Pero esta tarde he visitado el blog de un buen amigo, " Acero bolchevique" y me ha dado la chaladura. Vamos a ver de lo que soy capaz y lo que dura.

Por el nombre del blog, podéis imaginar que la cosa va de música. Puede parecer una estupidez, una cursilada, pero no puedo vivir sin ella. En casa hay reproductores de música por toda la casa ( a veces varios en una misma habitación ): desde los vestustos lectores de cassettes, pasando por lectores de CD y DVD de múltiples y varias tipologías, hasta llegar a MP3, MP4, ATRAC3 PLUS de diverso pelaje y condición. Me gusta la música: no toda. No soporto el bacalao, me gustan poco o nada las músicas raciales o étnicas y confieso mi pasión por la canción francesa, la italiana anterior a 1970 y toda esa música de boleros y baladas que detestaba a los 20 años y empecé a disfrutar a partir de los 30. Pero la música que realmente me engancha desde que era muy pequeñita es la clásica. Sí, ésa que va desde las primeras jarchas hasta el dodecafonismo; ese cajón de sastre donde caben los Oratorios barrocos y las canciones de Juan del Enzina, la música de cámara de Alban Berg y las sonatas del Rosario de Biber.

De todas formas la música que desde hace muchos años me produce una especial emoción es la que compuso ese tal Johann Sebastian . Sí, sí, no el Mastropiero ( que también), sino el de Leipzig; ése que fue tan fértil en hijos y partituras; el calvete, gordote, bon vivant y tremendamente exigente JSB. El título del blog, evidentemente, no es casual. Como sé que no tengo un vicio precisamente solitario, espero poder compartirlo en breve con algunos o muchos de vosotros.

Cuando navegaba por el blog de Javier, (ya sabéis "Acero Bolchevique"), he visto que él y algunos de sus comentaristas más asiduos participan de los mismos gustos, así que espero no sentirme especialmente sola.

Quiero que el blog sea abierto, en el sentido más amplio del término. Es decir, que tanto los que hagan comentarios como yo misma, podamos expresar lo que nos ha sugerido un disco que hayamos escuchado, pero también la opinión que nos merece el canon digital, el top manta o la postura política de algún director de orquesta.

Dado que yo escribo desde Madrid, que me niego desde hace años a ver ópera en el Real mientras se mantengan los precios existentes y que el Auditorio mal llamado Nacional va a estar cerrado una buena temporadita, no podré hablar sobre conciertos por el momento. Espero que aparezca algún entusiasta colaborador de otras provincias o países ( ¿por qué no?), que sí que pueda contarnos qué le parece la oferta musical de su lugar de residencia.

Quien dice música clásica, dice también otro tipo de músicas. Una de las razones de abrir el blog es conocer otras opiniones y aprender de otros. Si poco a poco funciona y yo consigo mantener un mínimo de constancia, podemos hablar de arquitectura, pintura, cine, libros, etc.

Por ahora y como presentación, ya está bien. Está sonando un concierto para cello de don Pepe Haydn, así que os dejo en buenas manos y mejores oídos.