Un regalo de Sergio Astorga
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jueves, 14 de febrero de 2008

Música en Madrid

En Madrid se puede escuchar música clásica todos los días y casi a cualquier hora. Buena parte de ella además, con una mediana o muy respetable calidad.

La Fundación Juan March lleva años realizando conciertos gratuitos en su sede de la calle Castelló. Lo mismo puede decirse de la Fundación Carlos de Amberes, en la suya de Claudio Coello. Por su parte, la Fundación Caja Madrid también organiza conciertos de diversa índole y variados precios y no sólo en la capital: desde su ya mítico Liceo de Cámara en la sala de cámara del Auditorio, hasta ciclos de todo tipo (música barroca, música del siglo de Oro, música contemporánea). La mayoría de las audiciones o ciclos completos tienen lugar en escenarios únicos y privilegiados (catedrales góticas, iglesias renacentistas o barrocas, palacios de Patrimonio Nacional, palacios particulares). Sus entradas son a precio módico o directamente gratuítas.

El Teatro Real mantiene como cada año su temporada de ópera.

La Orquesta Sinfónica y Coros de RTVE , por su parte, tiene sus propios ciclos y calendarios anuales en su sede del Teatro Monumental, aunque desde hace un mes, por motivos obvios, está tocando en escenarios alternativos. El Teatro de la Zarzuela, aunque hace unos cuantos años que dejó de ser la sede de las representaciones de ópera en Madrid, continúa programando recitales y conciertos .

El Museo del Prado este año incluye por primera vez (hasta donde yo recuerdo), en programación cultural ordinaria, conciertos y cine a precio módico. De vez en cuando, el Museo Thyssen introduce sesiones musicales en sus programas mensuales. El MNCARS programa a lo largo de la temporada ciclos de música contemporánea.

Estoy segura de que me dejo en el tintero varias fundaciones o asociaciones culturales privadas, sin olvidar la programación de la Escuela superior de música Reina Sofia, a través de la Fundación Albéniz . Buena parte de las bellísimas y abundantes iglesias barrocas de la ciudad, son escenario, en un momento dado, de conciertos a cargo de pequeñas orquestas o cuartetos de cámara o de agrupaciones corales.

Capítulo aparte merecen las actividades de danza, teatro musical clásico del Festival de Otoño y diversas actividades organizadas por el Ayuntamiento o la Comunidad de Madrid.

Pero con la reapertura del Auditorio, mal llamado Nacional, sede de la OCNE , el calendario de audiciones musicales en Madrid está en plena efervescencia.

De entre los muchísimos ciclos de conciertos con patrocinio privado, yo estoy abonada desde hace muchos años al de Grandes Intérpretes, que organiza la Fundación Scherzo, editora de la revista del mismo nombre, al de Jóvenes Intérpretes, igualmente de la citada fundación y al del Liceo de Cámara, ya mencionado. También estaba suscrita al ciclo de Conciertos de la Tradición que desgraciadamente, desde hace ya 3 temporadas, se encuentra suspendido sine die (espero que alguien se haga cargo de su patrocinio porque a lo largo de sus ciclos pasaron lo mejorcito y más granado de los intérpretes, a mi juicio mal llamados, historicistas o tradicionales).

Valga todo este larguísimo prólogo para justificar la cada vez más escasa dedicación por mi parte a este blog, para animaros a que vengáis a vernos más a menudo aunque sólo sea por la programación cultural y, por supuesto, a qué negarlo, para intentar que los dientes os arrastren por el suelo, dejando un surco en el parquet, fruto de una malsana envidia.

En los últimos 15 días mi oreja se ha visto sometida a una actividad febril. Varios conciertos. Me gustó mucho el de Joaquín Achúcarro, del que destaco su interpretación del Libro II (completo) de Preludios de Debussy. Me gustaron también especialmente el Octeto D 803 de Schubert que interpretó El Ensemble Scharoun y el Cuarteto op. 88 de Kapustin, tocado por el Cuarteto Artemis, ambos dentro del ciclo de Líceo de Cámara. Muy agradables también los de la Juan March.

Ayer estuve escuchando a Grigori Sokolov.

Para los que no lo conozcan ni hayan tenido ocasión de escucharlo en directo, os puedo asegurar que es un lujo. No voy a hablaros de su biografía y brillante trayectoria musical . Podéis encontrar abundante información en la red sobre ello, amén de alguna que otra página que contiene grabaciones de su escasa discografía. Varios estudiosos y musicológicos le han dedicados miles de libros, críticas, dossieres, artículos y programas de mano. Doctores tiene la Iglesia.

A mí, sencillamente me gusta, me gusta mucho. Dotado de una técnica prodigiosa y de un sonido especialísimo. Incansable intérprete (sus conciertos son muy, muy largos y de gran dificultad técnica). Correctísimo. Educado. Agradecido siempre para un público como el de Madrid, que lo adora aunque, todo hay que decirlo, lo martirice cada vez más con auténticas sinfonías de toses, carraspeos y sorbidos nasales, bien aderezado por unas cuantas "melodías" procedentes de teléfonos móviles.

Otras veces me ha impresionado más, me ha deslumbrado, me ha levantado del asiento. Ayer, sin embargo, lo encontré más humano. Incluso me atreví a comentar que su Mozart me había parecido, en algunos momentos, muy romanticón (quede bien claro que no soy yo quién para ponerle pegas al ruso; se trató de una simple apreciación, una sensación). Pero la segunda parte, con los 24 preludios de Chopin, en una lectura especialísima, a veces curiosa y moderna, terminaron de caldear el ambiente. Después de 6 propinas 6 (de nuevo Chopin, algún Debussy, puede que algo de Ravel), el auditorio se venía abajo. Casi 3 horas de concierto, de disfrute, con la sensación de ser consciente de poder disfrutar de la interpretación pianística de uno de los grandes. Un privilegio.

De las dos sonatas de Mozart, no tengo ninguna versión suya; es más, dada su escasa tendencia a la grabación en estudio, creo que ni siquiera existe. Os dejo pues, con el Adagio de la sonata nº 12, KV 332, que Robert Casadesus grabó en 1940, en una interpretación que actualmente distribuye History.





Por lo que respecta a los 24 preludios, os dejo con estas joyas, esta vez sí interpretadas por él:
(tardan bastante en cargarse, pero valen la pena)

Preludio nº 4 Largo (mi menor)
Preludio nº 16 Presto con fuoco (si bemol menor)
Preludio nº 20 Largo (do menor)

Y para completar el panorama, un aviso a navegantes para todos los que viven en Madrid y alrededores y les apetezca. Doña Cuaresma, a través de su Consejería de Cultura y Turismo, patronica un ciclo de conciertos titulado Arte sacro. Se programan 32 conciertos y 6 proyecciones cinematográficas desde el 13 de febrero hasta el 8 de marzo, a lo largo y ancho de la comunidad de Madrid. El 90% de las actividades programadas son gratuitas (el resto, unos 4 ó 5 conciertos, tendrán un precio de 8 €). No pasaría de ser un muy interesante ciclo patrocinado por la CAM, con algunos intérpretes de talla internacional como Álvaro Marías y su grupo Zarabanda, el Grupo Música Antigua con Eduardo Paniagua a la cabeza, la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por Tomás Garrido o The Tallis Scholars, si no fuera porque el otro preclaro patrocinador de los eventos es, ni más ni menos, que la COPE. Por una vez, se queda en el terreno que les corresponde y, de paso, hace algo útil y sin que nos vaya a costar un duro. Quizá sólo les mueva el impulso de evitar alguna retirada estatal de subvenciones u otra artimaña por el estilo. De todas formas, es lo único loable que les recuerdo, así que, por una vez y sin que sirva de precedente, les aplaudo la iniciativa. Yo pienso ir a las que pueda. Avisados quedan pues los madrileños que visitan esta casa. Disfrútenlo si se animan a ir.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Cajas de música


Cuando muera y mis sobrinos tengan que deshacer la casa, se van a encontrar con un serio problema: el síndrome de Diógenes de su difunta tía les va a causar más de un quebradero de cabeza y muchísimo, muchísimo trabajo (que suden la herencia digo yo).

Por lo que veo y leo en vuestras bitácoras pertenezco, como vosotros, a la generación de nostálgicos y sentimentales (un abrazo Bolche, AF, Tannhäuser, Blanca y tantos otros). Muchos me entenderéis cuando digo que soy incapaz de tirar nada. Supongo que Herr Freud y su "regresión a la etapa anal" tendrían mucho que decir al respecto. Cualquier chuchería comprada hace 30 años en un mercadillo de mala muerte me trae tantos recuerdos que, después de pensármelo mucho, la vuelvo a colocar donde estaba. ¿Me creeréis si os digo que he llegado a rescatar cosas que había conseguido echar a la basura, en un rapto de feroz arrepentimiento?

Pues bien: de entre todos los artilugios que pueblan mi casa y os aseguro que ésta es un homenaje al "horror vacui", me gustan especialmente aquéllos en los que algo se agita o que tienen algún tipo de mecanismo que los hace moverse sobre sí mismos, girar, desplazarse, sonar o cantar y eso incluye desde coches de fricción o juguetes de hojalata con cuerda a sofisticados gadgets que combinan músicas increíbles mientras bailan y sirven de altavoz al i-pod.

Por eso siento especial debilidad por la bolas de cristal en las que nieva dentro y por las cajas de música. Dejaré, por el momento, aparte las bolas de cristal: la mayoría de las que se venden hoy contiene ridículas laminitas fosforescentes que han sustituido a las feroces ventiscas de las de hace 30 ó 40 años (ya no nieva como antes en las bolas de nieve y, como en Ciudadano Kane, Rosebud es ya inalcanzable o irrecuperable).

La primera caja de música que tuve me la regalaron cuando hice la comunión. Ya entonces me pareció fea y ¡a fe mía que lo era!, espantosa, de imitación a laca china, en un rojo burdeos chillón. En el interior, la cosa empeoraba si cabe: un minúsculo joyero blanco con compartimentos muy pequeños y, en el centro, rodeada por muchos espejitos, una diminuta bailarina que giraba machaconamente mientras se escuchaba una música de ballet, interrumpida por el renquear de la cuerda (klin-klon, klin-klon). Nada más abrirla, mi padre apostó: "Chaikovski (perdón, en aquella época se escribía Tchaikovsky), El Vals de las Flores de El Cascanueces". Efectivamente, pero a mí eso era lo que menos me importaba. Durante los meses siguientes me pasé las horas muertas viendo girar a mi bailarina, erre que erre; me tenía fascinada en la misma medida que el oso aquel que había en la Casa de Fieras del Retiro, que se pasaba el día andando en círculo porque estaba metido en un foso muy, muy pequeño. Me gustaba porque era delgada y siempre estaba en equilibrio, aunque me angustiaba un poco ese no parar de dar vueltas continuamente.

Aquella primera caja no era muy buena y con el continuo trajin de la bailarina a todas horas, la cuerda terminó por saltar. Mi madre, muchísimo más práctica que yo, en un descuido la tiró a la basura, pero ¡ay!, que el mal ya estaba hecho. Pasaron bastantes, bastantes años pero me volvió a dar la ventolera de las cajitas y bien fuerte además.

Fue en Salzburgo. Acababa de salir de la casa natal de Mozart. Llovía, como casi siempre en esa ciudad. Por razones que no vienen al caso me había quedado, a mitad del viaje y como dice el tango, más sola que un buzón en una esquina , con lo que eso le pone a uno de sensiblero. Mi padre había muerto hacía 5 meses. Volvía al hotel por la Getreidegasse y me atrajo el escaparate de una tienda de música que parecía sacada del siglo anterior. En las vitrinas, junto a partituras, batutas y metrónomos, muchas cajitas de música pequeñas, transparentes. Aquello fue como la magdalena de Proust: flash, flash, a toda pastilla volvieron recuerdos de pequeña, de mi padre, de una época en la que todo estaba bien, todo era cálido y conocido, tu entorno y tu gente te protegían y no estabas sola. ¡Qué trallazo! y pocas cosas hay con un poder evocador tan fuerte como la música. Cuando conseguí enderezarme entré a la tienda. Me costó decidirme porque además eran muy caras. Elegí una con la musiquilla de Là ci darem la mano, del Don Giovanni de Mozart y cuando volví a Madrid ni siquiera me quedé con ella: se la regalé a un amigo, (¡mi viejo y querido Fasolt!).
Pero, a partir de entonces, viaje sola o acompañada, en muchos sitios he encontrado y comprado muchas y muy diversas cajas. En Granada, una de taracea de nácar y madera oscura, comprada en una tiendecita pequeña en el camino de subida a la Alhambra, con la música de la Pequeña Serenata Nocturna. En Ginebra, enfrente de la estación de Cornavin (mi añorada estación de Cornavin, fea como ella sola, pero que yo ya conocía desde muchos años antes gracias a Tintín y El asunto Tornasol), una de madera clara, como un bombón, preciosa, con un minueto de Mozart -La verdad es que si al pobre Amadeus le hubieran pagado todos los derechos de autor sobre artilugios parecidos y con efectos retroactivos, seguro que no había muerto joven y en la miseria, sino feliz y orondo en la vejez-. En Amboise, bajando del castillo, dos que no eran ni cajas porque sólo llevaban el mecanismo con el Quand on n'a que la amour de Brel y la mauvaise réputation de Brassens. En Venecia, en el Canareggio, al lado de Santa Maria dell'Orto, una cuadrada, de madera de cerezo, con la Primavera de Vivaldi. En Madrid, en una vieja tienda de la calle Barquillo, donde vendían piedras para ensartar collares, pequeñas teteras de porcelana y cajas de música de madera, sin más, de muchos tamaños con melodías que nunca he conseguido identificar. Cajas, cajitas de música, siempre de madera, relacionadas para siempre con el sitio donde fueron encontradas y compradas. Cajas, como esos pequeños tesoros que cuando éramos pequeñas enterrábamos en la tierra, protegidos por un cristal, por el solo afán de redescubrirlos al día siguiente como si fueran nuevos. Cajas, cajitas de las formas más diversas, con barrigas repletas de músicas mecánicas y amables que todavía hoy tienen la rara facultad de teletransportarme, como si fueran minúsculas Entreprise de Star Trek, a viejos tiempos en los que aún tenía todo por estrenar y podía desperdiciar horas y horas mirando girar delgadas bailarinas mientras, a mi alrededor, nunca llovía ni faltaba nadie.

miércoles, 15 de agosto de 2007

La Flauta Mágica


Hace muchos años un compañe-ro de trabajo me confesaba, entre muerto de vergüenza y de risa, que había entrado en un cine de arte y ensayo a ver La flauta mágica pensando que, con ese título y además en sueco, tenía que ser porno duro. Para su desgracia y nuestra fortuna se trataba de la versión que hizo Bergman de la ópera de Mozart, cantada además en sueco.

La anécdota de mi amigo no es más que la otra cara de una misma moneda: ¿qué tiene esta ópera que, hasta los que no escuchan nunca este género la conocen? ¿Cómo, a pesar de haber sido maltratada en anuncios publicitarios, en chillonas versiones pop por "divillas de tres al cuarto", como contrapunto musical de comentarios deportivos y tantos otros ejemplos, ha podido mantenerse intacta y al mismo tiempo gozar del favor de todo el mundo? (Lo siento OSAPOSA, pero no me sale escribir de otra manera, de verdad). ¿Por qué de una misma partitura han salido cientos de versiones tan distintas? ¿Qué hace que la dirigida por Toscanini sea austera, la de Furtwängler, filosófica e íntima, la de Beecham, alegre y ligera y la de Solti, brillante y solemne?

Aunque los entendidos digan que, en sentido estricto, no es una ópera sino un singspiel (palabro que equivale, más o menos, a nuestra zarzuela), para mí es de las obras más hermosas de Mozart.

El éxito del estreno sorprendió al propio compositor. ¿Por la calidad de la música, porque estaba escrita en alemán, porque se trataba de una homenaje y una defensa de la masonería, tan popular en ese momento? Si fue así, parte de esas razones ya no serían motivo hoy en día precisamente de favor y éxito sino más bien lo contrario. ¿Qué factores se dan ahora para que siga gustando tanto: que la calidad de la partitura es indudable, que se mantiene actual, que habla de valores como la justicia, la igualdad, el valor del conocimiento? No sé yo si esos son valores en alza ahora precisamente.

Aunque uno de los números sagrados de la masonería sea el 3, para mí la Flauta es una obra dual: dos actos, parejas afines y contrapuestas continuamente. Dos planos en horizontal: uno, Sarastro, hombre, el día y la luz, el conocimiento, la sabiduría, la ecuanimidad y el sentido del perdón, lo apolíneo; en el otro lado (por supuesto a la izquierda), la Reina de la Noche, mujer, lo oscuro, la ignorancia, el deseo de venganza, la falsedad de la tierna y llorosa madre que oculta a la vengativa y poderosa reina (otra vez el 2), lo dionisiaco, en definitiva. Dos planos también, pero en vertical: por una parte, Papageno y Papagena, ignorantes, del vulgo, sencillos, simples, a quien les está negado entrar en el reino del conocimiento y que nunca podrán ser iniciados; por la otra, Tamino y Pamina, seguirán las normas, sufrirán y superarán los ritos de iniciación, alcanzarán la luz. Esa doble naturaleza está también en la música: hay sofisticadas fugas como las de la obertura (va dedicado a mi amigo Rasputín y su relación de amor-odio con Bach) y trozos sacados directamente del folclore popular alemán o austríaco.

Pero no solemos plantearnos razonamientos de este tipo cuando escuchamos música (al menos, no en un primer momento). Es probable que la dualidad no la sepamos pero la intuímos y se desprende continuamente de la obra. Todos somos, a veces, un poco como la Reina de la Noche, pero también nos sentimos solos como Papageno sin saber que tenemos al lado lo que con tanto ahínco buscamos. Casi todos queremos un mundo más justo, más equitativo, más igual. Casi todos hemos creído que era posible. Casi todos, lo queramos o no, pasamos por ritos de iniciación continuamente, desde que salimos a la luz, hasta que desaparecemos. Schikaneder, el director, productor, actor y autor del libreto y Mozart crearon arquetipos y la mayoría nos vemos reflejados en ellos.
A lo mejor el secreto está en que se trata un poco de todo... y por encima de ese todo, la música: los imposibles arpegios de la Reina de la Noche, la increíble nostalgia de Pamina, las dificilísimas partituras de los instrumentos de madera. Fuga y canción popular, bajos profundos y sopranos coloratura, 3 damas malas y 3 jóvenes buenos, bien y mal, luz y noche, conocimiento y oscuridad. En definitiva, el genial, atormentado, trastocador de notas y muerto de hambre Mozart, apenas 4 meses antes de morir.

¡Uf, qué largo! Intentaré no dejarme llevar tanto por el entusiasmo.

PS. Como todavía ando pegándome con el blog no soy capaz de poner mi foto. En cuanto aprenda me veréis la cara. ¡Ah! Para los que consigan llegar al final. A pie de blog hay una foto que procuraré ir cambiando cada poco tiempo. Siempre suelo ir con una cámara en el bolso y soy de dedo rápido: os aseguro que daré la tabarra.

domingo, 5 de agosto de 2007

Presentación

Siempre me he mostrado un tanto remisa a escribir diarios juveniles, de viaje, de opinión, etc., por una razón fundamental y primordial: soy muy, muy, muy vaga y, por consiguiente, poco o nada constante en mis aficiones, actividades o gustos. Pero esta tarde he visitado el blog de un buen amigo, " Acero bolchevique" y me ha dado la chaladura. Vamos a ver de lo que soy capaz y lo que dura.

Por el nombre del blog, podéis imaginar que la cosa va de música. Puede parecer una estupidez, una cursilada, pero no puedo vivir sin ella. En casa hay reproductores de música por toda la casa ( a veces varios en una misma habitación ): desde los vestustos lectores de cassettes, pasando por lectores de CD y DVD de múltiples y varias tipologías, hasta llegar a MP3, MP4, ATRAC3 PLUS de diverso pelaje y condición. Me gusta la música: no toda. No soporto el bacalao, me gustan poco o nada las músicas raciales o étnicas y confieso mi pasión por la canción francesa, la italiana anterior a 1970 y toda esa música de boleros y baladas que detestaba a los 20 años y empecé a disfrutar a partir de los 30. Pero la música que realmente me engancha desde que era muy pequeñita es la clásica. Sí, ésa que va desde las primeras jarchas hasta el dodecafonismo; ese cajón de sastre donde caben los Oratorios barrocos y las canciones de Juan del Enzina, la música de cámara de Alban Berg y las sonatas del Rosario de Biber.

De todas formas la música que desde hace muchos años me produce una especial emoción es la que compuso ese tal Johann Sebastian . Sí, sí, no el Mastropiero ( que también), sino el de Leipzig; ése que fue tan fértil en hijos y partituras; el calvete, gordote, bon vivant y tremendamente exigente JSB. El título del blog, evidentemente, no es casual. Como sé que no tengo un vicio precisamente solitario, espero poder compartirlo en breve con algunos o muchos de vosotros.

Cuando navegaba por el blog de Javier, (ya sabéis "Acero Bolchevique"), he visto que él y algunos de sus comentaristas más asiduos participan de los mismos gustos, así que espero no sentirme especialmente sola.

Quiero que el blog sea abierto, en el sentido más amplio del término. Es decir, que tanto los que hagan comentarios como yo misma, podamos expresar lo que nos ha sugerido un disco que hayamos escuchado, pero también la opinión que nos merece el canon digital, el top manta o la postura política de algún director de orquesta.

Dado que yo escribo desde Madrid, que me niego desde hace años a ver ópera en el Real mientras se mantengan los precios existentes y que el Auditorio mal llamado Nacional va a estar cerrado una buena temporadita, no podré hablar sobre conciertos por el momento. Espero que aparezca algún entusiasta colaborador de otras provincias o países ( ¿por qué no?), que sí que pueda contarnos qué le parece la oferta musical de su lugar de residencia.

Quien dice música clásica, dice también otro tipo de músicas. Una de las razones de abrir el blog es conocer otras opiniones y aprender de otros. Si poco a poco funciona y yo consigo mantener un mínimo de constancia, podemos hablar de arquitectura, pintura, cine, libros, etc.

Por ahora y como presentación, ya está bien. Está sonando un concierto para cello de don Pepe Haydn, así que os dejo en buenas manos y mejores oídos.