Un regalo de Sergio Astorga

miércoles, 10 de octubre de 2007

Sapore di sale

¡Por fin había llegado!

Los últimos días en Madrid habían sido muy malos. Se había sentido triste sin saber por qué y se le escapaban las lágrimas a la menor tontería, sin venir a cuento.

Pero ahora ya estaba aquí. Hacía calor y el día era tan luminoso que tuvo que entornar los ojos para poder distinguir la arena del agua. Oía chillar y reír a los críos en la orilla. Se sintió bien.

Al descalzarse y meter los pies en el agua, una musiquilla rompió telarañas en su cerebro y asomó a los labios. Empezó a canturrear:







"Sapore di sale, sapore di mare..."

Respiró profundo. Olía a yodo.

¿Cómo seguía la canción?... ah, sí:

"... che hai sulla pelle, che hai sulle labbra..."

¡Qué delicia! ¡Y tan lejos de Madrid!

Se dejó resbalar suavemente hasta tumbarse en la arena, como en la canción. ¿Cuántos años hace que estuvo de moda? ¿40?

De la mano del recuerdo retrocedió a la niñez...

"... un gusto un po' amaro di cose perdute..."

... hasta aquella época en que esa misma melodía sonaba continuamente en la máquina de discos del bar de la playa. Todavía existían los viejos balnearios de madera que se metían en el agua... y la vieja estación del ferrocarril de vía estrecha que llegaba hasta la Puerta del Mar, donde la fuente... y el hombre aquel de bigote negro y sombrero de paja que cantaba la larga letanía de revistas y tebeos... y el mono del señor que vendía las rajas de coco a peseta.

"...di cose lasciate lontano da noi, dove il mondo è diverso,
diverso da qui..."

También entonces, como imaginaba Gino Paoli, los días para ella transcurrían largos y perezosos.

El agua estaba fría y agradable. Nadó despacio y se dejó llevar. Todo estaba en orden. No había prisas, ni tenía ganas de llorar, ni se sentía sola. También despacio volvió a la orilla y se dejó caer...

" ...poi torni vicino e ti lasci cadere..."






La encontró su marido al volver del súper. Estaba acurrucada en la cama, sobre su lado izquierdo, los brazos cerrándose sobre sus rodillas. Antes de tocarla supo que no había remedio. Aun así, corrió al salón y llamó al 112 pidiéndoles, casi susurrando, que se dieran prisa. De vuelta, con gesto mecánico, levantó la aguja que machaconamente arañaba el disco. ¿Por qué me has hecho esto? repetía suavemente. Sobreponiéndose a la angustia logró despedirse de ella. Sabía salado.
El Samur llegó enseguida. Se ocuparon de los trámites deprisa y en silencio. El médico firmó el parte. Causa probable de la muerte: sobredosis de barbitúricos.

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