domingo 5 de julio de 2009

Melancolía brasileña



A veces la música no sólo no es capaz de consolar, sino que además ahonda suave, dulce pero persistentemente en las heridas del ánimo. O quizá todo sea mucho más sencillo y lo que ocurre es que ni siquiera la música nos vale cuando se trata de aprender a apurar el dolor, la tristeza, la pérdida, la desaparición, el abandono. No sólo de los muertos sino también de los vivos. Porque es más fácil aceptar la ausencia de los primeros, por obligada, que la de los segundos, voluntaria siempre. Pérdida, abandono y ausencia por demás tan repentinos, tan dolorosos, tan sin explicaciones, tan absurdos, tan sin sentido, tan injustos.

El pasado martes Nelson Freire ofreció en el Auditorio Nacionl de Madrid el concierto que cerraba temporada (aunque en cuanto nos descuidemos estará ahí el otoño con un variado cargamento musical que dé nueva vida a esta ciudad). Programa anunciado desde hacía meses para ese 30 de junio: Bach, Schumann, Debussy, Chopin. Al llegar a la sala de conciertos y leer el programa de mano, la primera sorpresa. Ya no habría Bach pero en su lugar se interpretaría la sonata op. 2 de Brahms y dos piezas de Heitor Villa-lobos.

Dos minutos antes de que saliera el brasileño a escena y a través de la megafonía nos enteramos de nuevos cambios. Desaparecía el anunciado Brahms y toda la primera parte iría dedicada a Schumann. Justo después del descanso y antes de tocar a Chopin, el propio Freire anunció que sólo interpretaría una pieza del polaco (nos privaba pues de tres mazurcas y un scherzo), que se mantenían los 3 preludios del Libro I de Debussy y que las piezas de Villa-Lobos serían sustituídas por otras dos del mismo autor.

Y el concierto, de principio a fin, fue hermoso, hermosísimo. Con un sonido limpio y pleno de riqueza sonora y cromática, que supo mantenerse sin quebrarse ni flaquear en momento alguno. Un sonido que acariciaba el oído pero escarbaba despacito en los ánimos poco serenos. Y digo esto porque dentro de su enorme belleza rezumaba melancolía en todas y cada una de sus piezas. Y yo creo que Freire varió el programa casi por completo y adrede para que su hilo conductor fuese precisamente la añoranza, la ausencia, la tristeza. Y no fui la única en tener esa impresión. Matizando, llenando el aire de sugerencias, sin tocar apenas el pedal salvo cuando era estrictamente necesario, este pianista de Boa Esperança fue desgranando algunas Mariposas y Escenas de Niños de Schumann, la Barcarola de Chopin, tres Preludios de Debussy, dos Canciones de Villa-lobos (la primera especialmente triste) y una "propina" de Bach.

Qué pasaba por su cabeza, qué habría ocurrido en ese momento de su vida para necesitar expresarse así a través de la música es algo que no sabremos nunca. Pero, seguramente sin él ni siquiera sospecharlo, tocó en otros muchos que nos bebíamos su música, fibras a flor de piel, demasiado doloridas y maltrechas y agotadas ya como para poder escuchar serenamente. El concierto de Freire dolió con suavidad y ternura, casi, casi necesariamente, pero dolió y mucho. No se fíen nunca de la melancolía. Seduce, acaricia y cuando quieres darte cuenta, el esfuerzo y los buenos propósitos de animarse te han saltado por los aires hechos pedazos.

Por supuesto no voy a martirizarles con todas las obras que sonaron en el concierto. Les dejaré algunas piezas muy breves y la propina final. Les aseguro que les habría gustado a todos Vds. (y mucho) poder escuchar ese conocidísimo Jesus, bleibet meine Freude de Bach. Gracias a la desnudez del piano, en los dedos de Freire esta increíble música sonó desprovista de florituras, limpia de afectación o artificio, límpida, introspectiva, meditada y para meditar, profundamente interiorizada y cargada de experiencia personal. Y sobre todo, bella... bellísima.

En definitiva, un delicado y hermoso fin de temporada a cargo de un pianista que tocó extraordinariamente bien y supo comunicar emociones no siempre fáciles de aceptar en y por nosotros mismos.

Escuchen despacito los regalos que Schumann, Chopin y Debussy compusieron, pero déjense llevar especialmente por esa perfección simple, desnuda, conmovedora de la versión para piano de ese aria espléndida y sutil de la cantata de Bach.

Buenas noches a todos.



Robert Schumann (1810-1856): Kinderszenen (Escenas de Niños), op. 15 - nº 7 : Träumerei (Ensoñaciones). Christian Zacharias. EMI, 1995


Robert Schumann (1810-1856): Kinderszenen (Escenas de Niños), op. 15 - nº 10 : Fast zu ernst (Casi en serio ). Daniel Barenboim. Deutsche Grammophon (Polydor), 1979


Frederic Chopin (1810-1849): Barcarola en Fa sostenido mayor, op. 60. Wilhelm Kempff. Istituto Discografico Italiano, 1958


Claude Debussy (1862-1918): Preludios. Libro I - IV Les sons et les parfums tournent dans l'air du soir: Moderé (Sonidos y perfumen giran en el aire del atardecer: Moderado). Maurizio Pollini. Deutsche Grammophon, 1999


Claude Debussy (1862-1918): Preludios. Libro I - IV Des pas sur la neige: Triste y lent (Pasos en la nieve: Triste y lento). Krystian Zimerman. Deutsche Grammophon, 1994


Dinu Lipatti. Versión para piano de la Coral "Jesus bleibet meine Freude" de la Cantata "Herz und Mund und Tat und Leben", BWV 147 (arr. Hess). Grabada en Ginebra, 1950. Procedencia: AlexWantsToHaveFun


sábado 27 de junio de 2009

Duerme cariño mío.



Él mejor que nadie sabía de la importancia de un buen título. Y éste, sacado del Oratorio de Navidad de Bach, de un Bach que a él tan poca gracia le hacía a veces, me va a ayudar a dar la noticia.


Manuel Ortiz murió ayer a las cinco en punto de la tarde. Murió tranquilo, sin dolores, sedado y con su mujer al lado acariciándole la mano y ayudándole a cruzar la puerta. No sufrió. Lola está tranquila y muy entera.

Ha sido Rafael el primero en llamarme para decírmelo y a continuación he hablado con Lola. Ahora no soy capaz de escribir nada más. Dentro de unas horas, hoy o mañana, surgirá la entrada serena, tranquila, hasta trufada de humor como a él le gustaba. De momento, sólo puedo dar la triste noticia y retirarme.

Y hoy van a sonar dos piezas que son las que a mí me pide el alma y que desde anoche pugnan por salir. Una de ellas, casual y dolorosamente, la he escuchado esta mañana en honor de El Cuervo López, otro bloguero amigo, que murió también ayer (de allí la tomo). La otra, que quizá no se encontrara entre las favoritas de Manuel es, para mí, una de las más hermosas despedidas ante la muerte jamás escritas.

Adiós querido.



Sergei Rachmaninov (1873-1943) La Isla de los muertos o La Isla de la Muerte. Poema sinfónico, op. 29.


Richard Wagner (1813-1883 ). Tannhäuser. Wie Todessahnng Dämmrung (Como un anuncio de muerte). Acto III. Escena II. Ópera en 3 actos. Coro y orquesta Sinfónica de la Radiotelevisión Bávara. Dir. Bernard Haitink. Wolfram: Bernd Weikl. EMI, 1985



Wie Todesahnung Dämmrung deckt die Lande,
umhüllt das Tal mit schwärzlichem Gewande;
der Seele, die nach jenen Höh'n verlangt,
vor ihrem Flug durch Nacht und Grausen bangt.
Da scheinest du, o lieblichster der Sterne,
dein sanftes Licht entsendest du der Ferne,
die nächt'ge Dämmrung teilt dein lieber Strahl,
und freundlich zeigst du den Weg aus dem Tal.
O Du mein holder Abendstern,
wohl grüßt ich immer dich so gern;
vom Herzen, das sie nie verriet,
grüße sie, wenn sie vorbei dir zieht,
wenn sie entschwebt dem Tal der Erden,
ein sel'ger Engel dort zu werden!

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Como un anuncio de muerte,
el ocaso cubre la tierra;
envuelve el valle con un manto de luto;
el alma, que suspira por las alturas celestes,
se estremece ante su avance a través de la
noche y el terror.
Ahí brillas tú, la más amada de las estrellas,
y envías tu amable luz desde la lejanía;
la caída de la noche comparte
tu hermoso rayo de luz,
y amigablemente señalas el camino
de salida del valle.
¡Oh, tú, graciosa estrella vespertina,
te saludo siempre con gran placer; de parte
de mi corazón, que nunca la ha traicionado,
salúdala cuando la veas pasar junto a ti,
cuando se libre del valle de la tierra
para convertirse en un ángel puro en el cielo!


viernes 26 de junio de 2009

Doloroso encargo



Hace apenas un cuarto de hora he llamado a Palma para saber cómo se encontraba Manuel Ortiz. Me ha cogido el teléfono Lola, su mujer. Hemos hablado apenas un momento y me ha hecho (realmente yo me he ofrecido a ello) el que probablemente sea uno de los encargos más dolorosos que he tenido que llevar a cabo en mucho tiempo. Me ha pedido que publicara una nota en el blog porque ella se siente incapaz, no tiene fuerzas para ello. Se lo he prometido y cumplo inmediatamente mi promesa con el corazón absolutamente roto.

Manuel se está muriendo. De hecho está sedado porque ayer no podía ni respirar. No hay mejora ni solución ni esperanza posible. Ya no hay retorno. Parece que ese hijo de puta que es el cáncer le ha ganado definitivamente la batalla. Y yo lo único que puedo deciros es que me está costando mucho escribir esto. Porque aprendí a querer a Manuel hace ya casi dos años, sin conocernos, y a admirarlo y a ser su cómplice en algunas cosas y ahora mismo soy incapaz de contener las lágrimas y todo lo que pueda añadir es hueco y vano.

Quizá pueda pareceros una herejía. Quizá debiera sonar otro tipo de música ad hoc, pero tengo razones especialísimas para poner la pieza que hoy va a sonar por y para él, para ayudarle en ese rito de paso difícil y oscuro que es la muerte.

Un beso muy, muy fuerte Manuel. No me extrañaría nada que cuando traspases el umbral, te sacudas el polvo y digas: "Pues no era para tanto eso de morirse". Para acompañarte en el camino, la música de uno de tus favoritos, de tu dios.

Hasta siempre cariño.

Miles Davis. Kind of Blue (ed. 50 aniversario). Blue in Green. Miles Davis & Jazz Horn Music Corp BMI. Columbia, 2009

viernes 19 de junio de 2009

Dolor sobre dolor






¡Cómo me gustaría que el Adagietto de la 5ª de Mahler no tuviera que volver a sonar nunca en esta bitácora! Pero esta panda de asesinos, como otros, no está dispuesta a dejar de matar.

¡Malditos!


Gustav Mahler (1860-1911). Sinfonía nº5 en do sostenido menor. Dritte Abteilung. IV Adagietto. Sehr langsam. Orquesta Filarmónica Checa. Dir. Václav Neumann. Supraphon 1977


jueves 4 de junio de 2009

Lamento



La noticia le llegó al anochecer. De forma inesperada. En un día amable de voces sonrientes. Sintió el dolor ajeno como si fuera propio. Intentó decirle que estaba a su lado como siempre, que nunca dejaría que volviese a pasar por todo aquello solo, que lo injusto y lo cruel no iban a salirse esta vez con la suya. Lo dijo. Se lo dijo. Y esperó.

Pero el dolor de otros es mudo y sordo a veces. Aísla, aleja, corroe, golpea a quien lo sufre, destruye su autoestima y su alegría, segrega un hilo suavísimo y terrible de herida abierta que fabrica un capullo experto en contener toda la angustia y la desesperanza. Y fue imposible atravesar esa membrana. La ausencia de palabras y de poder tocar, mirar o sonreír se convirtió en un cuchillo oscuro, seco y romo, que no supo romper el desconsuelo.

Con todo, lo peor no fue ni muchísimo menos el inútil esfuerzo ni el dejarse la piel por perforar, abrir, salvar de sí a pesar suyo. Lo peor fue no ser capaz de regalarle la quietud y el sosiego como un bálsamo, como la redención, la vida.


Camille Saint-Saëns (1835-1921). Mélodies sans paroles - Plainte. Bart Schneemann, oboe y Paolo Giacometti, piano. Brilliant, 1998

lunes 1 de junio de 2009

Mucho ruido y casi ninguna nuez



Auditorio Nacional. 31 de Mayo. 11:30 horas. Un programa de los de lleno hasta la bandera. Poco importa si la primera pieza es una obra de Schönberg, díficil pero de una aridez hermosa. La mayor parte del público ha ido por la Novena del sordo. Están decididos de antemano a pasárselo bien, caiga quien caiga. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que vayan a portarse de la misma manera.

El concierto empieza tarde, pero la promesa de una dura, desangelada, desgarradora y sin embargo esperanzada obra del austríaco mantiene las expectativas.

¡Qué ingenuidad por parte de quien esto escribe! Verán. Yo sé que no soy objetiva. Me divorcié de la OCNE hace ya unos cuantos años. No conseguía entrar en ella ni ella en mí. No había feeling. Lo intenté muchas veces (lo sigo intentando cada vez que voy a escucharla), pero no consigo enamorarme de la música que sus componentes hacen.

Parece mentira que en un país con una tradición de viento como es el nuestro, que cuenta con las mejores bandas del mundo (especialmente en toda la franja mediterránea), maderas y metales de la Orquesta Nacional lleguen a sonar tan desabridos. Pero la cosa, ay, es peor en lo que respecta a las cuerdas: pesadas, de sonido feo, sordo, mate, sin brillo. Es como si alguien tirara deliberadamente de los instrumentos hacia atrás para que no consiguieran elevarse y ascender. Sonidos opacos y además poco empastados. Pesados, muy pesados. Eso sí, los platillos, bombos y timbales, de primera. Que no se diga, que por volumen que no quede. Que son capaces de desarrollar todo el del mundo y más.

¿Y qué decir del coro? Ese coro que sólo canta bien cuando le viene en gana, cuando le da por ahí en contadísimas ocasiones. Hoy desde luego, a mí entender, no era una de ellas. Deberían aprender de "esos aficionados" del Orfeón Donostiarra. Y también alguna vez, alguien debiera decirles que cantar alto no es chillar. Que se puede cantar bien y conjuntado. Pero buena parte del público aplaude a rabiar (unos cuantos presentes son familiares), de modo que, aquí paz y nunca gloria.

Con estos mimbres no se podía cumplir hoy, en absoluto, la máxima de que un concierto mediocre en directo es mejor que una excelente grabación. Les aseguro que esta condesa ha echado mucho de menos desde las primeras notas, las grandes, históricas, inmensas grabaciones que tiene por casa. Sin duda, lo mejor que se puede decir del concierto de hoy es que ha sido corto.

Yo sé que cuando escuchen Friede auf Erde (Paz en la Tierra) de Schönberg, les va a resultar una pieza complicada y difícil. Lo es a propósito y no tienen más que leer la traducción del texto. Pero es una obra increíblemente bella en su dureza. Compuesta en 1907 para coro de 8 voces mixtas a capella sobre el texto del poeta suizo Conrad-Ferdinand Meyer, fue dotada por el propio compositor de un apoyo orquestal en 1911. Era la época en que el autor vienés estaba muy influído por la fe judeo-cristiana, tamizada por los textos de Strindberg o los teósofos. Creía realmente en el mensaje del poema, que es una llamada a la concordia y la paz universales y estaba seguro de que la armonía entre los humanos era posible. Años después, en 1923, tras la amargura que dejó en él la PGM y en una carta dirigida al director Scherchen, se refirió a ella como: "Es una ilusión para coro mixto, una ilusión según sé ahora, por haber creído cuando la compuse que la paz entre los seres humanos era posible".

A pesar de que en la época de su composición Schönberg ya experimentaba con la atonalidad, esta pequeña (por brevedad) pieza fue construída sobre la base de una tonalidad clásica y su estructura recuerda en muchos momentos los esqueletos polifónicos renacentistas, pero enriquecidos con complejas disonancias que contribuyen a la sensación de angustia de los versos.

Tómense primero la molestia de leer el texto (o su traducción). Después, escuchen la composición. Notarán cómo el sentimiento que les provoca la música se adapta al poema como una segunda piel. No es bonita, no es dulce, pero la esperanza se empeña en asomar por detrás de ella. No la pierdan de vista.

Bueno, pues nada de eso ha sabido mostrar esta mañana la interpretación de la OCNE. Sólo una versión árida y chillona; al menos eso me ha parecido a mí. Demasiada gente cantando y demasiado alto y demasiados gritos.

Arnold Schönberg (1874-1951). Friede auf Erde (Paz en la Tierra). The Tokio Simphony Chorus. Dir.: Hirofumi Misawa. Dir. asistente: Norichika Iimori. Naïve, 2001






No voy a decirles nada acerca de la Coral de Beethoven. La conocen Vds. tan bien como yo, de modo que sería abundar en lo sabido. Pero sí que quisiera recalcar que la versión que Josep Pons ha dirigido esta mañana (ya ayer), a mi gusto, no ha conservado nada del espíritu beethoveniano. Sonaba pesante, monótona, sin matices de ninguna clase. Apagada, sorda, lenta, sin vida. Para el último movimiento, un plantel de solistas para acompañar al coro que, a priori, se presentaba, sugerente. Comenzó bien el bajo Willard White y todos estaban muy metidos en su papel. Se movían al ritmo de la música, parecían motivados. Pero el tenor Schukoff estuvo cortito en los agudos y la aclamada unánimemente por la crítica soprano Brueggergosman resultó no ser de voz tan voluptuosa ni de tan hermoso timbre.

¡Qué quieren que les diga! Yo me quedo con la del viejo maestro alemán Furtwängler. Ya sé que Vds. no van a poder comparar pero, fíense de mí. A pesar de los ruidos de arrastre y las imperfecciones del sonido, con la audición que viene a continuación han salido Vds. ganando.

Ludwig van Beethoven (1770-1827). Sinfonía nº 9 en re menor, op. 125 "Coral". IV Presto - Allegro assai. Orquesta Filarmónica de Viena. Dir.: W. Furtwängler. Virtuoso, 1989 (grabado en Viena el 31.05.1953)









Debería estar penado por ley que, con dinero público, se cometieran semejantes atropellos y tamaños desmanes contra un patrimonio de la Humanidad como es la obra maestra del sordo. Pero lo peor, con todo, es que el Auditorio se venga abajo por los bravos y ovaciones dedicados a la interpretación, como si el mismísimo Furtwängler redivivo se hubiese corporeizado en Josep Pons (no le habría costado con lo delgado que era). Qué se le va a hacer. Ni este gobierno, ni ningún otro parecen especialmente preocupados por cuidar la educación musical desde los 3 años. Claro, que tampoco se preocupan lo más mínimo por ninguna otra. Y así nos luce el pelo en tantas cosas.

Eso sí, una buena parte del público aplaudió hasta hacerse daño en las manos y los ínclitos pertrechadores del desafuero salieron varias veces a saludar. La mayor parte de la gente se marchó tan feliz a casa, de modo que todos contentos.

Y así seguiremos per secula seculorum... Amén.

[Texto en el original alemán y traducción de Luis Gago, reproducidos del programa de mano entregado en el concierto].

jueves 28 de mayo de 2009

Wagner, el conde Negroni y una dosis recomendable de jazz

Para Alucinao, que me regaló un sabor y un color casi olvidados.


Ayer la noche prometía. Cena en el restaurante de dos personas a las que quiero mucho. Porque los conozco desde los tiempos difíciles de 1997 en que abrieron su primer restaurante en Madrid. Porque son amables y divertidos y buenos anfitriones. Y porque Sara te hace sentirte como si estuvieras en casa y Sergi crea sus platos como lo que es: un grande de la cocina.

Comprendan Vds. que después de tres meses y medio de lechuguita y pechuga a la plancha esta condesa se estremeciera ante la idea de tener una "noche loca" gastronómicamente hablando.

Y si encima ésta comienza con un Negroni de los que prepara Diego, mi barman favorito, la cosa no puede tener mejores y más sugerentes expectativas.

¡Uhhhhmmm! Un Negroni. Casi ni recordaba cómo sabía. Un cóctel creado por el barman Fosco Scarelli allá en el mítico Café Casoni de Florencia cuando añadió ginebra a la bebida habitual y aburrida del Conde Camillo Negroni. Y el cóctel, bautizado como el algo estrafalario colega aristócrata, se hizo enseguida famoso. Si pueden, pruébenlo en el archiconocido Harry's Bar de Venecia o en el Café Rivoire de Florencia. Pero si los dos anteriores les pillan un poco lejos, no dejen de acercarse a un bar de copas (de los pocos en que todavía sepan confeccionarlo) y dense un homenaje.

Negroni, un clásico de la coctelería. 1/3 de ginebra, 1/3 de vermú rosso, 1/3 de Campari (Y por supuesto, nunca toleren que les sirvan un Negroni Sbagliato en el que la ginebra ha sido sustituída por cava o vino espumoso italiano. Háganme caso; sería un delito). Falsamente dulzón cuando das el primer sorbo, el Negroni enseguida deja asomar el amargor del Campari que ya no te abandona durante todo el trago. La ginebra le da cuerpo y gracia. La cáscara de naranja, el toque justo de aroma. Y a mí esa combinación siempre me trae a la memoria jazz (¡vayan Vds. a saber por qué!). Buen jazz. Increíble jazz. Cantado por ellas mientras la bebida de color rojo va desapareciendo en el vaso corto antes de que el hielo se deshaga.

Y una vez roto el hielo con el aperitivo, la promesa de una cena lenta y agradable, de la mano de un yogurt de te blanco y judía verde, unas patatas chips finísimas y transparentes, unas croquetas de bacalao minúsculas y unas aceitunas que se iban del mundo.

No seré prolija (3ª acepción del DRAE) en descripciones del resto del menú porque para algo se lo traigo aquí. Tan sólo decirles que se fue desgranando poco a poco, con buen humor y bien regado por una xarello con barrica del Penedés, una mencía con olor a frambuesa de la Ribeira Sacra, una syrah afrutada de Montsant y, para acompañar los postres, la reina: una tempranillo, vendimia tardía de la Mancha. ¡Ahí es ná!



Me dirán. Pues vaya post, tonto. Pues sí, tienen razón: es un post tonto. Pero me apetecía mucho hablar de algo agradable. Y para remate de tonterías, no puedo evitar contarles una pequeña anécdota también tonta, pero relacionada con esta bitácora y su administradora.

Cuando llegó la hora de la carne, esta servidora eligió a ojos cerrados el pichón (y no admito el más mínimo pitorreo al respecto, ya que amén de grosero y soez, estaría fuera de tono) porque la alternativa era molleja de ternera. Deben saber también que es perfectamente conocida la faceta de Sergi como integrante de un grupo de rock pero pocos están al tanto de su enorme afición y conocimiento de la música del alemán de la boina: vamos que es un fan de y un entendido en Wagner como hay pocos.

Cuando se enteró de mi elección salió de la cocina y con un gesto muy gracioso me espetó: (sic)"A una wagneriana empedernida como tú deberían gustarle las vísceras. La obertura del Lohengrin gana mucho si está acompañada por unos riñoncitos o unas mollejas. Le va como "anillo" al dedo". Divertido y digno volvió a los fogones. Lo sé, lo sé. Estoy convencida de que esta frase va a hacer las delicias de buena parte de los lectores de este blog. Puede que esas aseveraciones veladas al lado gore de don Wagner por parte de alguno de Vds. se vean reforzadas a partir de hoy. Pero, a lo que parece, mi amiguete todavía no se ha enterado de que usar el nombre de Ricardito en vano le va a traer, sin duda, unas consecuencias y unos efectos colaterales poco deseados, toda vez que meterse con el de la boina garantiza el mal fario. Wagner y vísceras. ¡Hay que fastidiarse!

No, no se me asusten. El relato de una noche relajada como la de ayer no terminará con una larguísima intervención de Parsifal, de modo que acomódense en sus asientos y disfruten, que la música ha seguido hoy en esta bitácora sus propios derroteros.

Billie Holiday. Love is here to stay (Gershwin-Gershwin). De Songs for Distingué lovers. Verve, 1997 (grabada en 1957)


Ella Fitzgerald. The man I love(Gershwin-Gershwin). De Love Songs. Best of the Verve Song Books. Verve, 1996 (grabada en 1959)


Diana Krall. Maybe you'll be there (Blom-Gallop). De The look of love. Verve, 2001


Jane Monheit. Dancing in the Dark (Dietz-Schwartz). De Taking a chance on love. Sony Musica, 2004


Norah Jones. The nearness of you (Carmichael-Washington). De Come away with me. Blue Note, 2002




La noche acabó con un Rose Pepper, naturalmente sin alcohol (zumo de piña, soda, granadina, ginger ale) y al que también le sienta maravillosamente el jazz. Y esta condesa no les habla del lamentable estado en que se ha despertado el día después porque sería una ordinariez impropia de su estilo y clase social. Pero haberla, la ha habido, vaya si la ha habido. Háganme un favor: cuando se marchen, procuren hacer el ruído mínimo imprescindible. La cabeza se ha empeñado en retumbar hoy de una manera extraña... no sé por qué.